Un jardín escocés

Fotografo en Cantabria

 

Empieza la primavera y con ella las ganas de retomar proyectos dormidos. En un rincón aguardan mis jardines viajeros y el afán de revivir esos momentos inolvidables, pasados en lugares extraños que ya no volveré a pisar, pero que guardo con cariño en mi archivo fotográfico.

 

Revisando la fototeca me encuentro con una foto robada en un museo de Edimburgo, un bodegón de J. B. S. Chardin, un precioso jarrón chino con un ramo de flores blancas, azules y rojas, “Vase de fleurs”, pintado cerca de 1760, una delicia para ser contemplada sin prisa, un still life, que se mantiene vivo gracias al arte del maestro Chardin.

 

Decía Paul Klee: “El arte no reproduce lo visible. Hace lo visible". El artista hace la realidad que quiere y puede, cuadros, fotos, esculturas, grabados...es un hacedor de realidades concretas.

 

La vida es el caos, la entropía, el desorden, el bodegón tiene la virtud de dotar de eternidad a lo más perecedero: flores, frutos, animales recién muertos.

 

Con la aparición de la fotografía y a partir del impresionismo “no hay una posibilidad de objetivación de la realidad, sino sucesivas e infinitas percepciones de cualquier realidad”.

 

El bodegón surge de lo íntimo, lo cotidiano, objetos que se relacionan, dialogan entre sí. Es como un Haiku, partes de un pequeño objeto, escoges un detalle y abres la visión del lector hacia un horizonte o un infinito.

 

Esta imagen en concreto me traslada a un día de lluvia en Edimburgo, paseando por los jardines de Princess Street. Cámara en mano, tomo unas fotos de un padre jugando con sus hijos en la pradera. Luego visito la National Gallery guiada por mi amiga Inés, atendiendo sus comentarios de historiadora del arte. Me quedo parada frente a este pequeño cuadro con su marco dorado sobre el fondo azul de la pared entelada. Ya no la escucho. Me siento atrapada por la sutil belleza de esta pintura, de esa luz que se derrama sobre las flores, una naturaleza muerta que hoy sigue viva en mi recuerdo. No pude resistir la tentación de robarla. Ahora contemplo esta fotografía y vuelvo a aquel preciso momento.

 

Recuerdo que luego salió el sol, comimos sushi en el parque, caminamos hasta el cementerio y me llevé unas rosas mojadas por la lluvia. Un cuervo en el césped y una visita al jardín botánico, donde me encontré con dos princesas escocesas, un estanque, una pagoda y una anciana esperando el autobús.

 

Fotos para el recuerdo, que permanecen vivas en mi memoria y vuelvo a saborear. Oigo las risas de los niños que corren descalzos jugando al escondite en el inmenso jardín escocés.

 

Lucía Laínz