Varsovia

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En estos días de otoño, que más parecen de invierno, en que salir a la calle es casi una odisea, me acomodo en el sofá y empiezo a hojear el álbum que hice el año pasado por estas fechas después de una escapada a Polonia.

Así he vuelto a disfrutar de un paseo por la ciudad vieja, del sabor de los “pierogowys”, las deliciosas empanadillas rellenas de carne y verduras que probamos en el primer restaurante. Pero no fue la gastronomía el punto fuerte de nuestra visita a Varsovia, aunque también visitamos una Casa de leche en la que se puede degustar un menú por 3€; para mi gusto no fue una comida sabrosa.

Lo que más me gustó fue el largo paseo por el parque Laziensky una gélida y gris mañana de otoño, en la que los colores del parque destacaban en todo su esplendor, recorriendo los senderos llenos de hojas, sin rumbo fijo. Bordear el lago, encontrar los pavos reales en el pequeño anfiteatro, ardillas, patos, el cisne bajo el puente, las viejas esculturas de mármol y el Palacio Laziensky, donde según cuentan, el Rey recibía cada noche a alguna de sus amantes y utilizaba para citarlas un sencillo código, dependiendo de la ventana que permaneciera iluminada en una de las habitaciones la dama interesada sabia que esa noche era ella la elegida.

Un viaje en el tiempo a la época romántica, a los grandes bailes de palacio, los conciertos de Chopin, las grandes pasiones, tiempos convulsos de guerra y paz en una Polonia siempre expuesta a las invasiones extranjeras, ora los rusos, ora los alemanes, hasta los turcos anduvieron luchando por estas tierras.

Pero hoy Varsovia es una ciudad moderna, una ciudad de contrastes que conserva junto a los bellos palacios del romanticismo, los restos de episodios mucho más tristes, el gueto judío y su cementerio, el barrio Praga clara herencia de la guerra fría y el dominio soviético, que hoy en día es la zona elegida por los jóvenes artistas polacos para montar sus talleres y galerías, el moderno estadio de futbol o el jardín sobre el techo de la Biblioteca de la Universidad, una joya del paisajismo más contemporáneo y como no, el Palacio de la Cultura y de la Ciencia, que destaca sobre todo por su altura de 237 metros y su diseño al más puro estilo soviético, un inmenso edificio que Stalin regaló a la ciudad como símbolo inequívoco de su poder megalítico.

En solo cuatro días no pudimos conocer la ciudad a fondo, pero no nos marchamos sin disfrutar de un buen concierto de piano . Y degustar unos chupitos de auténtico vodka.

Espero que vosotros también disfrutéis de este paseo fotográfico por las calles de Varsovia.

 

Lucía Laínz.

Santander